Con la publicación “Pelágico”, Fredy Tato Mejía fue el ganador de los XXI Juegos Florales de Chalatenango en la rama de Poesía, presentado bajo el seudónimo Okedá Dobyo.

El poemario está compuesto por diversos versos que llevan títulos como “Ornitomancia: primer poema hacia el mar”, “Porciones”, “Apocalíptico”, “Islas de la decadencia”, “Segundo poema sobre el mar”, “Wila para los días de mi vida”, “B.A.R.”, “Cementerio clandestino”, “El hecho es que” y “Tercer poema en el mar”, entre otros.

Mejía es poeta y vendedor de libros. Vive en San Salvador, donde se desenvuelve en la esfera cultural capitalina. Asimismo, es creador de los ciclos de poesía en Sonsonate La Función Poética, miembro y fundador del Círculo Literario TecoloT y del Colectivo Literario Zenzontle.

Además, es coordinador del Festival Internacional de Poesía Amada Libertad. Algunos de sus poemas han sido traducidos al otomí, una lengua indígena originaria del Valle del Mezquital.

La obra de Mejía ha sido publicada en antologías líricas, revistas digitales, así como en la selección poética √441 (Literatelia, Toluca, 2019) y ha publicado “Esclaramonte”, en la editorial Sion, Quezaltenango, Guatemala, 2020.

«Pelágico»

(Fragmento)

TRÍPTICO DE LA LUZ
I
Habré tocado la espuma del mar,
pero creí morder un trozo de sueño.
Bajo las mantas del sosiego,
una anémona fluorescente
amenaza con su hálito de miel,
frente a ella he descubierto la luz
y temo de los ojos que me crecen.
Hace millones de años
nombré este espectro patético,
su nombre emerge de la marea
y no del viento.
Esta bengala sobre mis ojos
no es la vida,
sino una protuberancia inútil
en la cáscara del abismo.

II
¿Qué hace ahí ese crustáceo fulgurante
estacionado en medio del terror?
Los fotorreceptores de mi niñez
vagamente sabrán reconocer
en el cómodo arroyo del miedo
ese atisbo de ternura,
una lata de cariño
arrojada sin piedad
al piélago de la inocencia.
Antes de su parto
no conocía las entrañas de la sombra
ni había enredado mis ojos
en la úlcera de la razón.

III
Clasifiqué las migajas del día
para refugiarme de la carencia,
logré que la luz vacilara de su estado;
Anoche, por la noche
un párpado de sangre
dio un sollozo,
como un presagio
en la víscera perlada del sol.
Entre el abismo, un lucero de carne;
entre la llama, un hueco de plomo;
entre el musgo, la sonrisa del miedo;
entre la niebla, la voz muerta del amor;
entre la marea, el golpe débil de la demencia;
dentro de mis ojos,
bajo la tierra de la memoria,
sobre la guerra de las pestañas,
una bestia devora los frutos de la luz
y desgarra los bordes de las tinieblas.
He vuelto al líquido letargo
de la ausencia.