En el corazón de la Ruta de Las Flores, donde los pipiles adoraban al lucero de la mañana y donde la historia de la serpiente emplumada —Quetzalcóatl— ronda aún la cordillera del Ilamatepec, allí, en Salcoatitán, se encuentra un espacio cultural en honor a Yara Maya, una salvadoreña que registró la música vernácula de El Salvador.

Yara Mara nació el 27 de febrero de 1890, en San Salvador, hija del doctor José Ángel Mendoza, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador, y de doña María García González de Mendoza, conocida pianista.

Por mucho tiempo, Yara ha estado en el olvido; sin embargo, las cinco letras que componen su verdadero nombre —María—, hacen que músicos, historiadores y profesionales de la investigación la admiren y “se quiten el sombrero”, como dice la expresión popular.

No es para menos, ella compuso 14 obras musicales y 25 estilizaciones folclóricas sobre temas autóctonos. Sus composiciones musicales han sido ejecutadas con éxito en América y Europa.

Entre sus obras destacan: “Canto al Sol”, “Ofrenda de la elegida”, “Los tecomatillos”, “Nahualismo”, “El teocalli” (ballet), “La campana llora”, “Procesión hierática”, “Danza del incienso”, “El cancionero de la jarra verde” y “La yegüita”, así como su importante “Cuzcatlán típico”, ensayo sobre etnografía de El Salvador. Esta última, publicada recientemente en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, http://www.cervantesvirtual.com/

Para conocer más sobre Yara Maya o María Mendoza de Baratta, hablamos con uno de sus nietos, el doctor Ricardo Olmedo Baratta, quien influenciado en su “Pitita”—como le decía de cariño a la abuela— está rescatando la danza “Moros y cristianos” y erigiendo un museo dedicado a esta gran mujer.

¿Qué significaba María para usted?

María fue una mujer entusiasta, amante de la música y de la espiritualidad de los pueblos indígenas. Desde muy pequeña comenzó el amor por la música, recibió clases de solfeo con el profesor Agustín Solórzano, hizo estudios en Guatemala, en el Colegio de Ursulinas, se inscribió en el Conservatorio Nacional de Música de El Salvador —era director el maestro Juan Aberle—, además fue alumna de la pianista María Zimmerman y del maestro Antonio Gianoli.

María Mendoza y Augusto César Baratta eran mis abuelos; María, nuestra “Pitita”, como le decíamos de cariño, era una estudiosa del folclor, de la música vernácula en especial, de las melodías en su aspecto rudimentario y del ingenio que sale de nuestras comunidades indígenas.

Ella siempre nos decía: “Aprendamos a ver con ojos del espíritu, con nuestra belleza interna, para encontrar la belleza en las cosas humildes y desnudas, que por ingenuas son más bellas y por humildes conmueven”.

Mi abuela significó mucho para los Olmedo Baratta. Siempre la admiramos por ese trabajo extenuante y apasionado que hacía al recopilar, ordenar y escudriñar sobre la salvadoreñidad nuestra.

Era asombroso cómo convivía con las comunidades por semanas, disfrutar de ellos sin importar los insoportables viajes en carreta hacia el oriente y occidente del país, porque para esa época no había carretera como las de ahora, en su mayoría era calles  polvorientas. Producto de ese amor a las comunidades indígenas se encuentra “Cuzcatlán típico, folklore, folkwisa y folkway”, un ensayo —de dos tomos— sobre la etnografía de El Salvador, producto de casi tres décadas en investigación.

Su abuelo era una figura importante, ¿cuál fue el gran aporte para el país y para María?

Mi abuelo, Augusto César Baratta del Vecchio, nació en 1887, en Carrara, Italia. Desde pequeño tuvo acercamiento a la producción de mármol, ya que su padre era administrador de una de las canteras.

Él estudió en la Academia de Bellas Artes y se formó en arquitectura, decoración y dibujo ornamental. Llega a El Salvador en 1913, por medio del presidente Manuel Enrique Araujo, quien le hiciera una oferta para construir proyectos escolares y restaurar la Escuela de Artes y Oficios —Escuela Normal de Maestros y antigua Casa Presidencial de San Jacinto—.

Para el 7 de junio de 1917, San Salvador es sucumbido por un fuerte terremoto. Lo sorprendente es que las construcciones que hizo no sufrieron daños y se ganó la fama de “buen constructor”; no era para menos, él construía con metal deployé, un  material resistente, ligero y  de vanguardia.

Algunas de las edificaciones de mi abuelo aún se encuentran esplendorosas y fuertes, como las iglesias El Calvario; Cristo Negro, de Juayúa; Fátima; San Juan Nonualco; San Antonio de Padua y la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

También, los centros escolares: Chinameca, Fabio Castillo, Vicente Acosta, Antonio Najarro, Doroteo Vasconcelos, Jorge Lardé, Juana López, Carlos Imendia, entre otros. Sin faltar los mausoleos, las capillas privadas y las residencias de familias prominentes.

El gran aporte de mi abuelo a su amada María es que siempre dejó que ella hiciera lo que más le apasionaba, registrar la música de sus ancestros, aquellas melodías que nacen en el seno de las comunidades indígenas; también, la acompañó a los lugares recónditos por más de 20 años y la apoyó con la obra “Cuzcatlán típico”, donde la mayoría de ilustraciones son de su autoría.

¿Por qué el amor a lo vernáculo?

Le gustaban  las fiestas llenas de color, en especial cuando sonaba el tambor, el pito y el teponahuaste; se regocijaba en cada lugar que visitaba. Ella escuchaba, anotaba en su libreta con pentagramas y tomaba las fotografías.

Luego de la recolección de la información, la socializaba con los alcaldes y los líderes de las comunidades y hacía que le tocaran una vez más para validar la pieza y si faltaba algún detalle lo complementaba.

A ella no solo le interesaba la música, también todo lo que estaba envuelto en la pieza, como las costumbres, las leyendas y las historias.

Su amor por lo vernáculo nace en oriente, en la residencia de sus bisabuelos, quienes tenía como parte de la servidumbre a una lenca llama Yara Mara, quien se involucró sentimentalmente con uno de sus ascendientes. Producto de ese romance nació un varón, de donde procede su linaje indígena.

María, desde que conoció sus raíces ancestrales, se sentía orgullosa de ser lenca. La mayoría de sus poemas y colaboraciones para diferentes revistas o periódicos las firmaba con el seudónimo de Yara Maya.

¿Cómo era María?

Alegre, le gustaban mucho las tertulias y las fiestas —que duraban hasta las cuatro o cinco de la mañana—. La casa siempre permanecía llena, en especial los miércoles; siempre la visitaban Salvador Salazar Arrué (Salarrué), Vicente Rosales, Alfredo y Miguel Espino, Mangoré y Claudia Lars, entre otros. Tengo fotocopia del libro de recuerdos de María, en este las personalidades —antes de retirarse—colocaban un mensaje o una bella frase.

En varias ocasiones, tras bambalinas, vi a Salarrué. Un día le pregunté: “Abuela y hoy vendrá Jesús”, haciendo alusión al poeta, por su altura y su barba, además, por lo parsimonioso para hablar.

Mi abuela también tenía una calidad humana muy grande, albergaba a los artistas en sus propiedades, como el caso de Agustín Barrios Mangoré, junto con su esposa.

¿Cómo nace el Museo María Mendoza de Baratta?

Mi abuela sufría mucho al ver la influencia de otras culturas y ningún gobierno hacía por rescatar lo nuestro, así es como nació el ensayo “Cuzcatlán típico, folkore, folkwisa y folkway”, como una herencia a las futuras generaciones.

En ese espíritu es que me lanzo —hace 18 años— a la aventura de hacer el Museo María de Barrata, como parte del proyecto Cofradía de Los Historiantes de la Finca Moros y Cristianos, ubicado en Salcoatitán, Sonsonate, en el kilómetro 82 ½, carretera que conduce  al municipio de Apaneca.

Este proyecto tiene como objetivo brindar nuevas opciones de sano entretenimiento para la juventud a través del rescate de los patrones culturales nuestros. Esto implica el rescate de las tradiciones orales, leyendas, cuentos, supersticiones, adivinanzas y todo lo que se pueda expresar por la palabra y el saber popular; además, las prácticas musicales, cantos y bailes; así como también, las fiestas, las ceremonias, los ritos y las costumbres de nuestros pueblos.

La finca Moros y Cristianos cuenta con un anfiteatro al aire libre, un palacio viejo, salones con capacidad para 500 personas —que se rentan para eventos—, un mirador, un jardín andaluz, kioscos y el Museo María de Baratta.

En el museo apreciarán el vestuario utilizado por nuestros antepasados, confeccionados según la descripción de mi abuela; incluye instrumentos, utensilios, maquetas, representaciones pictóricas de las tradiciones y costumbres, así como la biografía de esta gran mujer. La mayoría de indumentarias yo las elaboro con materiales reciclados, porque además de ser médico, con mucho orgullo, soy artesano con raíces indígenas.

Para la Semana Santa y cuando nos solicitan hacemos representaciones de Los Historiantes. Yo soy el capitán, mis hijos me acompaña vestidos de la misma manera, así como el resto de mi familia, amigos y parte de la comunidad de Salcoatitán, en especial la juventud.

Cuáles son sus proyecciones con la finca y el museo

Este proyecto es muy alentador, pero hace falta mucho para sacarlo adelante. Hasta el momento, ha salido a flote con lo que gano como médico, pero ya tengo una edad avanzada y no gano como antes. Hace falta más inversión para terminar este sueño, este legado de María Mendoza de Baratta

Aunque este proyecto es muy alentador, porque incrementa el turismo en la zona, crea empleos y enriquece las fiestas tradicionales, es muy extenuante porque una golondrina no hace verano, como dice el refrán popular.

Rescatar la memoria histórica es tarea de todos. En la actualidad, estoy recopilando la documentación necesarios  para crear la Fundación Cofradía de Los Historiantes de la Finca Moros y Cristianos, para gestionar fondos, dignificar a mi abuela y mantener vivo el legado nuestros ancestros a través del Museo María de Baratta o Yara Maya.

Lo que me duele es que ningún gobierno se ha dado a la tarea en dar a conocer lo que hay en el folclor, la historia y la música de nuestro país. ¿Qué pasa? los mexicanos a pesar de tener una gran potencia a la par, tienen bien definida su identidad y son orgullosos de tenerla. A esto se suman los planes educativos, ellos tienen la materia Cultura de México, que es impartida en bachillerato.

Si Yara Maya registró la música vernácula, yo tengo que contribuir al impulso de la materia de Cultura de El Salvador para los dos años de bachillerato o, por lo menos, promover en las universidades un seminario.

Finalmente, invito a docentes, estudiantes, investigadores, periodistas y a las personas amantes de la cultura popular a que consulten los dos tomos del ensayo “Cuzcatlán típico, folkore, folkwisa y folkway”, ya se encuentra disponible en la biblioteca virtual http://www.cervantesvirtual.com/buscador/?q=maria+de+baratta.

Agradezco a la antropóloga Rosa Torres, quien fue nuestro enlace para proyectar con el mundo la obra de mi abuela; agradecimientos que hago extensivos a la Universidad de Alicante, que contribuyeron a que los dos tomos fueran registrados y catalogados en la biblioteca virtual.

 

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