El Llanito es un lugar histórico que pertenece al municipio de Izalco, Sonsonate, allí están enterradas —al pie de dos amates— las  víctimas de la Masacre de 1932, y en este sitio, las Cofradías Mayores de María Asunción y del Padre Eterno de Izalco efectuaron la ceremonia del solsticio de verano.

En esta actividad donde las comunidades indígenas veneran al sol, al astro mayor o al gran abuelo, participaron: Alonso García (líder de las comunidades indígenas de la localidad), Gerardo Vega (representante de la municipalidad de Izalco), Alberto Cruz (director de Pueblos Indígenas del Ministerio de Cultura), Elsy Orantes (Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria) y diferentes actores locales.

“En nombre de la ministra de Cultura, Suecy Callejas, agradecemos a las cofradías Mayores de María Asunción y del Padre Eterno de Izalco por invitarnos a esta ceremonia. Por compromisos encomendados por el señor presidente, Nayib Bukele, ella no pudo acompañarnos hoy”, dijo Alberto Cruz.

El director Cruz agregó: “Me siento honrado compartir con ustedes en este espacio que tiene historia y es un sitio sagrado. Como servidor público me pongo a disposición de las comunidades indígenas del país y les deseo un buen sol”

“Me siento orgulloso de digan ‘sos del barrio de los indios’, mis padres vienen de raíces indígenas. Mi tatarabuelo quedó sepultado en el cantón Las Aradas, todo por defender nuestros derechos contra las tropas de Justo Rufino Barrios”, rememoró el tata Alonso García.

El tata García habló sobre la identidad de las comunidades originarias; también sobre la umbra y la penumbra, donde los indígenas con tan solo ver el sol, la luna o las estrellas pueden determinar el tiempo y los cambios de clima.

Al finalizar esta fiesta al sol, a la renovación, a las flores y a la vida, los participantes saborearon las sopa de chilayo que tiene como ingredientes: Chile, naranja agria, hueso de res, verduras y hierbas aromáticas, y que es elaborada con el conocimiento ancestral de las mujeres de las Mesas de Altares Mayores de María Asunción y el Padre Eterno