En el corazón de San Salvador existe un lugar mágico, donde los sueños de una adolescente por destacar en la danza se hicieron realidad.

A más de tres décadas y media, en ese sitio mágico llamado Escuela Nacional de Danza Morena Celarié (END) se mantiene viva la pasión de aquella joven que nació en San Salvador, en 1978.

Se trata de Tania Madrigal, hoy convertida en una esplendida bailarina, maestra y  coreógrafa de ballet clásico, danza contemporánea, danza creativa y jazz.

Una salvadoreña que ha formado por dos décadas a toda una generación de bailarines y bailarinas, y que ha puesto en alto el nombre nuestro país a nivel internacional.

Para conocer más de su alma cultural, de sus aventuras por la danza y como formadora de nuevas generaciones, entregamos la siguiente entrevista.

¿Cuándo inicia su pasión por la danza?

Me trajeron a la Escuela Nacional de Danza muy pequeña, a los 5 o 6 años de edad, por la inclinación de mi madre a las artes —ella es músico y toca el piano—; sin embargo, puedo decir que el momento decisivo fue en la adolescencia. Mis padres estaban fuera del país tras el sueño americano en Estados Unidos, tratando de trabajar para darle a sus hijos una mejor condición de vida y me dejan con mis abuelos. Mis abuelos a pesar que no eran ajenos a las artes, no eran muy creyentes que de esto—la danza— tendría un futuro o una vida, entonces eran como un poco reacios a traerme. Yo era muy rebelde, estaba en  la adolescencia pura.

Ese conflicto que tuve con ellos me hizo entender que no me veía como una adolescentes en casa, viendo televisión todas las tardes, saliendo con mis vecinos o incluso haciendo tareas. No me importaba desvelarme y hacer ciertos sacrificios, pero en esta época entendí que mi vida sin esto —la danza—, tenía un vacío muy grande.

El apoyo de mis papás siempre estuvo; mi mamá siempre me dijo “hacelo, si es lo que tú quieres, hacelo”; entonces logré convencer a mis abuelos y a mis padres, y comenzaron a traerme, a traerme y no quise irme más. Creo que fue el momento decisivo, porque era lo que quería para toda mi vida.

¿La danza fue un refugio en su vida?

No puedo decir que haya sido un refugio, pero sí puedo decir que cuando estoy en un escenario o en un salón de clases me desconecto del mundo. Siempre les digo la broma a mis estudiantes “olvídense que dejaron los frijoles en la casa, que están cocinándose, que se quemó la casa, no importa”, pero pasás aquí adentro y es como mágico ese momento, uno se desconecta, se le olvidan los problemas y lo que pasa afuera. Pareciera algo mágico, una burbuja donde yo estoy aquí conmigo misma, con mi cuerpo, con mi danza y no existe nada más.

Es duro a veces, porque cuando estamos en momentos difíciles, cada uno en su vida diaria, a veces pareciera que no es fácil desconectarse, pero cuando uno está adentro, aquí—en la escuela de danza—, va pasando el tiempo, se disfruta. En mi forma personal, más que refugio siento que es el lugar donde soy yo.

¿En qué año ingresó a la END?

Alrededor de 1982. Entré muy pequeña y la escuela no era como es ahora, era distinta; sin embargo, muchos de los rostros que vi cuando ingresé a esta escuela siguen aquí, fueron mis maestros, a quienes les debo lo que soy, aparte de mis padres. Es bonito seguir en tu casa, pero es más hermoso seguir viendo rostros de aquellas personas con las que te sentís agradecida porque han sido parte de tu vida.

¿Quiénes fueron sus maestros y maestras?

Recuerdo a muchos maestros y maestras: Ana Rojas, Ruth Martínez, Xenia Vaquerano, Eduardo Rogel, Marcial Gudiel, Sonia Franco, Mauricio González, Francisco Castillo, Erick González, Jasmine Hernández y Marta Cañas, entre otros.

Además, tuve el privilegio de contar con maestros que venían a darnos materias complementarias. Entonces conocí gente de teatro, música y pianistas. Soy mala para los nombres, pero sí los recuerdo con mucho cariño y respeto.

Obviamente pasé al otro lado. Me toca asumir la responsabilidad de enseñar a otros y creo que eso es lo que más aprendí de esos maestros.

¿Qué la marcó en esa etapa de su vida, de formación, del mundo mágico de la danza?.

La lucha más grande que uno tiene es la lucha física. Mis maestros me enseñaron a ser perseverante, constante y a esforzarme, pero el querer aceptar y comprender que mi cuerpo, así como tiene virtudes y talentos, también tiene limitaciones, es difícil,  y si a eso le sumamos las lesiones, se vuelve más complicado.

Es difícil luchar con el cuerpo, pero quizás más entender que el cuerpo tiene un lenguaje y ese lenguaje hay que descubrirlo, porque a mí me puede gustar mucho el ballet clásico, pero no necesariamente me voy a ver bien bailando todo el ballet clásico.

Hay cosas que funcionan en mi cuerpo y cosas que no, aunque quiera bailarlas, y lo  mismo sucede con la danza contemporánea. Descubrir ese lenguaje me costó mucho, porque la ruptura que tenía que hacer de aquello que me había dicho “tengo que ser así, tengo que ser así”, es mentira, porque al final tuve que encontrar mi propio lenguaje que se adaptara a este cuerpo, porque eso es la danza, es disfrutarlo. No se puede ir en contra de la naturaleza de una también.

Ese es el consejo que doy a mis estudiantes, que conozcan su cuerpo y esas posibilidades que tiene para mejorarlas, comprenderlas y buscar otros caminos para buscar su propio lenguaje.

¿Qué significa para usted la END?

Aparte de una jornada diaria de ocho horas, aquí pasamos más tiempo que en nuestro hogar, entre diez o doce horas. Sí tuviéramos colchón, aquí durmiéramos, porque al final la escuela significa mi casa, un lugar donde no me pesa estar, donde disfruto estar, donde veo a las personas que tanto quiero, con las que converso en el escenario, no necesariamente con palabras, también moviéndonos y bailando juntos.

Es un lugar que tiene tanta historia para mí. No veo mi vida sin la Escuela Nacional de Danza. Es una parte demasiado importante.

Muchos hemos tenido más oportunidades de otras carreras, pero seguimos aquí. Creo que es por dos razones: Una, porque nos sentimos apegados y aferrados a este lugar que nos gusta, que es nuestra casa; y dos, sabemos que queremos dar mucho aquí, hay mucho talento, mucho por hacer y esa es nuestra misión.

Usted ha participado en muchos eventos internacionales, ¿qué se siente representar a El Salvador en otros países?

Es un honor ir a otros lugares y que reconozcan el trabajo, que vean que en El Salvador hay bailarines de buena calidad, buen trabajo, formación; siempre en otros lugares dicen qué técnica más limpia, depurada y qué buena interpretación.

Lo que hacemos es bueno y se reconoce afuera, ya sea de manera individual o por un colectivo. Es un honor, porque no es fácil ser reconocido afuera, no es fácil luchar afuera.

Cuando siento esa buena reciprocidad, sé que voy por buen camino y que no me equivoqué al dedicarme a la danza. Estoy muy orgullosa del resultado de quien soy ahora.

¿En cuántos países ha participado?

He participado en toda Centroamérica, Estados Unidos, Cuba y Colombia.

¿Qué más les enseña a sus alumnos?

En la clase, el 50 por ciento es la técnica y el otro 50 es la actitud. Esa es una de las cosas más importantes que hay que aprender. De nada me sirve tener todas las condiciones si no tengo actitud y de nada me sirve tener una actitud si no tengo las condiciones. Con ellos busco esa magia que tienen para dar, bailar y disfrutar.

Lastimosamente, cuando es un trabajo muy físico nos olvidamos de esa parte humana. En ese sentido, sí trato de recordárselos y a mí misma, porque también uno, en las técnicas, se pone a exigir y a exigir, se olvida que hay un ser humano que tiene sentimientos, emociones, que viene en el bus, que viene corriendo y que tiene tareas, entre otras actividades.

Aprender a vivir de la danza es importante enseñárselos; también es importante que aprendan a ser responsables, que borren ese cliché que existe “que los artistas no estudian, que solo bailan”. Siempre les digo “aquí hay muchos casos de personas que hemos estudiado, trabajado y bailado”.

La disciplina implica superarse a nivel de danza, físico, técnico y superarse de acá (su cabeza). El bailarín tiene que saber pensar, hablar, escribir, dar una ponencia e investigar. El artistas es más allá de estar en un escenario y moverse, eso es importante.

La END pronto le entregará un reconocimiento, ¿Qué significa para usted este premio?

Este año, en febrero cumplí 20 años de ser maestra. Comencé a dar clases muy jovencita, como asistente de los maestros, tendría como 14 o 16 años. Me decían: “Vení, ayudá”.

Cuando tuve los 18 años, la que era la directora en ese momento, Sonia Franco, me dijo: “Te vamos a dar una plaza, vas a comenzar a dar clases porque nosotros vemos que vos te desenvolvés bastante bien”. Me asusté, no me esperaba ser maestra, pero creo que fue acertada la decisión y me siento muy orgullosa.

Después fui a estudiar una maestría en enseñanza en Costa Rica. Ahí me di cuenta que realmente esa era mi vocación, me gusta bailar muchísimo, crear un montón y enseñar.

Este año —2017—, cumplí  20 años de enseñar oficialmente y creo que he crecido mucho en ese sentido.

Me siento honrada con este reconocimiento, porque varios de mis compañeros creen en mi trabajo. Creo que es una de las escuelas más importante del país en la formación de bailarines.

Cuando a uno le entregan algo es como la culminación de un proceso, es reconocer que llegamos al punto que teníamos que llegar. Llegué al punto como persona, artista y maestra.

Si me tocara morir ahora lo haría contenta, creo que he hecho lo correcto. Estoy en el punto en el que quiero estar, estoy viviéndolo al máximo, contenta y agradecida con Dios, la vida y esta escuela.

¿Cuál su mensaje a la juventud sobre la magia que genera la danza y cuál es el mensaje a los padres?

A los jóvenes les recomiendo que para lograr nuestras metas tenemos que creer en ellas, y para poder creer en ellas tenemos que estar convencidos y luchar por eso. Esto siempre va a cambiar nuestra historia y tenemos que estar decididos a enfrentarlas.

A los padres y  a las madres: Tenemos que creer en los sueños de nuestros hijos e hijas,  hay que apoyarlos, no hay que cortarles las alas a medio camino, que eso suele suceder.  Soy de la idea que detrás de un buen bailarín hay padres maravillosos que creyeron en él o ella, en ese hijo o hija que se especializa en danza o cualquier arte.

Hemos venido a esta vida a ser feliz y en la medida que lo que hagamos da igual si es danza o en otra profesión, pero en la medida que uno sea feliz con lo que hace ¡que más queremos!

 

MAESTRA TANIA MADRIGAL_07