El  Ballet  Folklórico  Nacional  es  un  elenco  que  nace —el 3 de mayo de 1977— con el propósito de rescatar,  proteger  y  difundir  las  costumbres  y  la tradiciones  folclóricas  de esta nación.

Como parte de su compromiso con el folclor han puesto en alto el nombre de El Salvador mediante viajes por el continente, Medio Oriente y Europa —Festival Internacional de Los Pirineos—.

La superación del Ballet Folklórico Nacional ha sido producto del buen desempeño de directores, bailarines, bailarinas  y  músicos de gran trayectoria. Dentro de este abanico de artistas se encuentra Roberto Navarrete, un chalateco que ha dirigido por más de dos décadas a este elenco nacional.

Un cargo que, con el devenir de los años, le ha generado una serie de anécdotas, tanto positivas como amargas, relacionadas al elenco y funcionarios. Esto último, por las diferentes evoluciones y traslados institucionales.

¿Cuántas personas integran el Ballet Folklórico Nacional?

En la actualidad, este colectivo está integrado por 20 bailarines, seis músicos, mi criterio y ocho de logística. Estos últimos compañeros fueron incluidos este año, su incorporación obedece a que antes los músicos cargaban la marimba y el resto de los instrumentos. Eso no quiere decir que es degradante que lo hagan, pero no es función de un músico; asimismo, a los bailarines y a las bailarinas les tocaba llevar sus redes, sus canastos y el resto de la utilería para las presentaciones. Esas funciones tampoco les corresponden a ellos y ellas.

Los nuevos compañeros se encargan de tener todo listo, para que este ballet pueda realizar su parte. Son los responsables de apoyar a todo el elenco para que las presentaciones sean exitosas.

A mi criterio, debemos tener más bailarines. Recientemente estuvimos con el Ballet de México, eran cerca de 80 integrantes: un aproximado de 40 bailarines. Obviamente, la cantidad y la calidad dan un espectáculo sorprendente.

¿Cuándo nace su pasión por la danza?

Provengo de una familia humilde que residía en la ribera del río Lempa, en Chalatenango. En ese municipio que se ubica al norte de San Salvador, allí de manera inexplicable surge el amor y pasión que tengo a la danza.

Para ese entonces —1961—, tenía alrededor de seis años y estudiaba primaria en esa localidad. Recuerdo que salía de clases, cuando de pronto vi un grupo de jóvenes interpretando esas piezas bellas de nuestro folclor. Me quedé hasta finalizar el ensayo y me fascinó.

Con el devenir del tiempo, estudio en Aguilares, en la Escuela Modesto Barrios. Allí me interesé más por la danza folclórica. Luego, formo parte de diferentes elencos de danza folclórica, entre estos el colectivo de la Universidad de El Salvador y el grupo Yulmaquitl.

En la Universidad de El Salvador participé en el espectáculo “Un solo golpe al caite”, en esa época —1975—  encontré  una danza diferente a la que hacía en el grupo de Aguilares, una danza con un elemento de crítica social, de reflexión e investigación.

¿Cómo surge el Ballet Folclórico Nacional?

Este nace el 3 de mayo de 1977, bajo la administración del Instituto Salvadoreño de Turismo.

La primera directora fue Alcira Alonso. Posteriormente, fue dirigido por maestros de gran trayectoria como Marcial Gudiel. Actualmente, su servidor.

¿Cuándo asume la dirección?

El 22 de mayo de 1995, bajo la administración del Instituto Salvadoreño de Turismo, estaba conformado por 18  bailarines, seis músicos y un guardarropas. Asumo la dirección con una serie de retos y limitantes. Nunca pensé que iba a durar tanto tiempo.

¿Qué pasó hace 20 años?

Fue una lucha dura, con un montón de retos. Uno de estos era darle un carisma al grupo, de enseñarles cómo debía ser un espectáculo del Ballet Folklórico Nacional, sin embargo, a los tres meses estuve a punto de renunciar.

Tengo una anécdota un poco ingrata: Los bailarines y los músicos no me querían dejar entrar a los ensayos; ellos no estaban de acuerdo con la disciplina, con una nueva mística de trabajo. No soy de la idea que las clases inicien en cualquier momento, para mí hay una hora de entrada, que es a las ocho de la mañana, 15 minutos más tarde el equipo debe de estar en una clase, ya sea de solfeo, ballet o vocalización. Esto no era bien recibido, porque no estaban acostumbrados a esta dinámica de trabajo, hacían sus ensayos a cualquier hora. Entonces no les gustó esa disciplina.

Gracias a Dios tuve el apoyo de Recursos Humanos del Instituto Salvadoreño de Turismo (ISTU), tomé el reto de no abandonar la institución y hoy estamos celebrando 40 años.

¿Cuál era esa nueva mística de trabajo?

Encuentro al grupo con 18 años de existencia, conformado por dos marimbas —con doce marimbistas—. Era una marimba que sonaba muy hermosa, pero a mi criterio no estaban tomados en cuenta muchos instrumentos y elementos como el canto, la guitarra, la mandolina, vientos y el teponaguaste.

Fue un reto poder deja esos 18 años que habían vivido como grupo, con una etapa ya transcurrida, y darle nuevo formato resultaba un poco difícil. Gracias a Dios tuve la confianza de las autoridades del ISTU para realizar esos cambios.

Mantuvimos las piezas folclóricas que los anteriores directores montaron, danzas que aún mantenemos. Lo que hice al llegar fue interpretar expresiones elaboradas en un proceso de investigación.

Considero que las interpretaciones del ballet se deben mantener en un 70 por ciento de expresiones elaboradas y un 30 por ciento en expresiones estilizadas, basadas en cómo nuestro pueblo trabaja, cómo vive y un 10% en cosas de diversidad. La responsabilidad de un coreógrafo de llevar a escena una investigación es una cosa complicada.

Sabemos que la expresión auténtica dura entre tres a cuatro horas, eso para unos espectáculos es bastante grande, no es funcional. Lo que hacemos con el elenco del Ballet Folklórico Nacional es resumir y llevar ese tiempo a cinco minutos. Tenemos que conocerlo a la perfección, si no lo conocemos y no profundizamos, cualquiera se atropella y hace cosas que no están basadas en la autenticidad.

En esta mística de trabajo llevamos a escena las danzas “Chapetones de Panchimalco”, “Los historiantes de Cuisnahuat”, “Centuriones de San Simón”, “Los emplumados de Cacaopera” y “El Santo Tingo de Sensembra”. Eso lo tenemos montado y sabemos que hay una base histórica. Sin embargo, en estos 40 años de existencia tenemos más de cien piezas dancísticas que pueden llevarse a diferentes escenarios sin repetirse.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas que han tenido en estas cuatro décadas?

Aunque nacimos en el ISTU, considero que una de las ventajas se marca el 1 de enero de 1999, cuando pasamos a una de las dependencias del Ministerio de Educación, llamada Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura). En esta época se mejoran los salarios de la agrupación, algunos tenía una remuneración muy baja, que no era digna.

Otro de los cambios que es muy honroso es que nuestro colectivo siempre anduvo en locales rentados. Concultura le otorga su propio local, es decir, el Ballet Folklórico Nacional ya tenía su propia casa. Tener un edificio y un salario digno fue una inyección grande de motivación.

En la actualidad, pertenecemos a la Secretaría de Cultura de la Presidencia y una de las grandes ventajas que tenemos es que la administración confía en el elenco, nos permiten desarrollar nuevos conceptos y criterios. Qué confíen en nuestro trabajo es muy esperanzador.

Con el apoyo de la Secretaría de Cultura y las instituciones aliadas hemos viajando por Centroamérica, Estados Unidos, Suramérica —Ecuador  y Venezuela—, Medio Oriente (Doha–Qatar) y Europa. No somos los mejores del mundo, pero tampoco los peores. Somos una institución de prestigio.

El recorrido más grande que tuvimos fue Francia. Allí estuvimos tres meses, recorriendo 18 ciudades, dentro de estas la majestuosa París; también estuvimos en Barcelona con un aproximado de cien mil personas en el Camp Nou.

Como colectivo de artistas nos interesa que El Salvador sea reconocido, interrelacionarnos con una cultura diferente a la nuestra. Estamos en planes de irnos a la Plaza Roja de Moscú, hacer un segundo viaje a Qatar y realizar un espectáculo en Brasil.

Una de las grandes desventajas que existen en el ballet es el tiempo. Este pasa factura y, en su devenir, los bailarines y las bailarinas pierden ciertas habilidades. En la actualidad, son alrededor de ocho integrantes que ya no debería estar en el elenco, su periodo como bailarines ya terminó y nuestro espectáculo es muy exigente. Ellos y ellas están aptos para ser maestro y no bailarines. Aunque reconocemos que existe esta limitante, no pueden dejar de bailar. No sé hasta cuándo va a llegar a ser eso, pero nosotros continuamos porque nuestra estrategia como director es que la compañía se mantenga estable y siga visibilizando el folclor nacional.

¿Qué recomienda al resto de bailarines y a la población?

A que se acerque a nuestras clases, nuestra compañía es una casa con puertas abiertas. De igual manera, hago un llamado a toda la población a que antes de consumir cualquier cultura debemos consumir la nuestra, porque en el son de los tres cuartos hay toda una tradición ancestral, nuestra tradición nahua-pipil, lenca y kakawira.

 

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