El 9 de octubre de 2016, el Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán cumplió 133 años de fundación. Sin embargo, llegar a esta celebración no hubiera sido posible sin el esfuerzo de todos sus empleados en el correr del tiempo, pues son ellos quienes permiten el adecuado funcionamiento y mantenimiento del mismo.

Como un reconocimiento a todas esas personas que han dejado su historia dentro del MUNA, en esta ocasión y en el marco del Día del Arquitecto (celebrado cada 17 de octubre), se destaca la figura del jefe de Museografía del museo, José Óscar Batres Posada, quien con más de un centenario de exposiciones montadas, entre permanentes e itinerantes, todas de carácter patrimonial, cumple 40 años ininterrumpidos de laborar dentro de esta institución.

Batres, originario del barrio San Esteban, en las cercanías de la colonia El Paraíso, ubicado en la ciudad de San Salvador, es el tercero de cinco hermanos. Realizó su educación primaria en el Centro Escolar Costa Rica; sus estudios de secundaria, en el Colegio José Matías Delgado y obtuvo el grado de bachiller, con especialidad en Ciencias y Letras, por el Liceo Alberto Masferrer. Su titulación en arquitectura vino años después, por la Universidad Politécnica de El Salvador, en 1995.

A la fecha, Batres también funge como catedrático de la carrera de Arquitectura en la Universidad Tecnológica de El Salvador.

A sus 60 años, el arquitecto de profesión y museógrafo por vocación, comparte su experiencia a lo largo de las cuatro décadas de laborar en el museo.

¿Cómo llega al Museo Nacional de Antropología?

Yo veo dos caminos antes de llegar al museo. El primero, en 1975 salí de bachiller y al año siguiente, el 16 de febrero, ingresó a la Biblioteca Especializada, la cual pertenecía al Archivo General de la Nación, pero ubicada en las instalaciones del museo.

¿Qué funciones desempeñaba en la Biblioteca Especializada?

Allí llegué a formar parte del equipo de apoyo de la biblioteca. Se me encomendó organizar la hemeroteca, específicamente la colección periodística. Además, atendía a los usuarios que la visitaban, investigadores y estudiantes.

Poco me acercaba al museo, pues mi labor estaba concentrada en la biblioteca, pero inicié mis conocimientos sobre el desempeño institucional del mismo. Al cabo de tres años terminé mi labor dentro de la biblioteca.

Y el segundo acercamiento al museo, ¿en qué consistió?

El segundo fue gracias al Programa de Capacitación Latinoamericano de Museografía, en donde se me otorgó una beca para asistir al Octavo Curso de Formación en Museografía impartido por la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía Manuel del Castillo Negrete, ubicada en la Ciudad de México, D. F.

En el 79, cuando retorno al país estaba como director del Departamento de Museografía del museo Roberto Guzmán Aguilar, quien pidió mi traslado a la unidad para aprovechar el recurso y los conocimientos que yo traía.

¿Qué incidencia tuvo la capacitación en museografía sobre su visión profesional?

A esa fecha no pensaba ser arquitecto. Mi ideal eran las Ciencias Jurídicas, sentía atracción hacia las leyes. Sin embargo, me dejé ir a México y eso cambió mi vida.

Conocí en ese curso a muchos museógrafos con vasta experiencia. ¡El inexperto era yo! Y no me apena afirmarlo porque eso me sirvió mucho para lo que hago hoy. El intercambio entre profesionales me permitió fundamentar una visión sobre la responsabilidad que tenemos dentro de las instituciones que laboramos.

¿Alguna experiencia memorable de esa fecha?

Recuerdo muy vívidamente que llegué a cumplir mis 23 años a México, el 19 de junio de aquel entonces. Estando en la residencia de estudiantes que compartíamos, esa noche llegaron a tocarme a la puerta del cuarto y me dicen: “Óscar, levántate que tenés que ayudarnos a hacer los planos”. Y soy franco, no sabía nada. Pero fui aprendiendo gracias a las tareas, lecturas, visitas a museos y más que permitieron cimentar mis bases en la arquitectura y museografía.

Para 1979 usted ya era parte del equipo de museografía del MUNA, ¿en qué consistía su trabajo?

Éramos cuatro en el departamento: Roberto Guzmán, Isabel de Ábrego, María Vicenta y su servidor. Proporcionábamos mantenimiento y cobertura a los 1200 m2 del museo —que incluía la sala de la época prehispánica, historia y la de etnografía— y uno del sitio arqueológico Tazumal, este último se asemejaba más a un centro de interpretación.

¿Qué desafíos implicó trabajar en esta área?

En cierta medida, el museógrafo penetra mucho más en el campo museológico (engloba el trabajo de investigación y curaduría de una muestra). Los museógrafos debemos hacer comprensible y llevar a la práctica ese producto investigativo que “curan” los investigadores, haciendo uso de las formas, métodos, sistemas de instalación de las colecciones dentro de las exhibiciones, sin alterar el producto científico, eso siempre será un reto.

Asimismo, culminar mis estudios superiores. Comencé a sentir vocación por la arquitectura gracias a la museografía. Advertí que las bases de esta tenían que ver mucho con los principios y fundamentos de la arquitectura, el diseño propiamente.

Fue hasta 1995 que culmino mi carrera en arquitectura en la Universidad Politécnica. Fueron casi 11 años para alcanzar este peldaño, porque la mayor parte de mi tiempo se lo dediqué a mi trabajo, que siempre ha sido y será mi prioridad.

Entre los logros más significativos de su trayectoria en el museo ¿cuáles cabe mencionar?

Para mí, el MUNA es uno de los logros más grandes. En mi viaje a México envidié su Museo Nacional de Antropología. Me proyecté y lo pensé en ese momento: “Algún día en nuestro país existirá un museo así”, lo dije como dibujando un sueño y se cumplió. Ver este edificio diseñado y creado para tal fin es un logro.

Además, que la zona oriental tenga su recinto para difundir la cultura local y la creación de ese museo han sido un logro personal. Y, por supuesto, incidir para que la especialidad de museografía se haga sentir en el campo académico universitario.

¿Desafíos por cumplir?

Cada montaje y sala tiene sus propios retos. Debo reconocer el trabajo profesional de cada uno de los compañeros que he tenido a lo largo de esta experiencia. Jamás voy a saber, al detalle, cuántos ojos vieron una exhibición. Como un equipo multidisciplinario que somos, nuestra satisfacción queda en que el público se vaya satisfecho con la información de las salas.

El desafío más importante es no olvidar que somos una institución al servicio público y es a ellos a quienes nos debemos.

¿Cuál es el aporte de Óscar Batres en el ámbito profesional y personal a este museo durante sus 40 años de labor?

El trabajo del museo siempre ha estado expuesto a la luz pública. Por ello, es fundamental recordar que siempre existirán momentos difíciles pero uno debe saber equilibrarse y recordar que el trabajo personal se ve retroalimentado a diario con el aporte de alguien más.

Solo puedo decir que el aporte más grande que podemos hacer todos por este museo es continuar trabajando bajo los principios de la comprensión, tolerancia y fundamentar nuestro trabajo en criterios profesionales y académicos, no en el capricho o imposiciones.

Como parte de las celebraciones del Día del Arquitecto, el Museo Regional de Occidente ha organizado un encuenro denominado «Un diálogo con el diseño a través de la arquitectura y la museografía», en el cual Batres, por su trayectoria , brindará una conferencia magistral.

La actividad reunirá a jóvenes de educación superior, de la carrera de Arquitectura de la Universidad de El Salvador y Universidad Católica de El Salvador (UNICAES), el próximo 19 de octubre, a las 10 de la mañana, en las instalaciones del Museo Regional de Occidente.