Para un fotógrafo, la cámara es una herramienta de exploración, un instrumento de cambio. Con la fotografía existe una manera más de ver la realidad, una forma de contar historias. Pero para contar historias y documentarlas, es necesario ser afortunado para estar en el lugar preciso y en el momento adecuado. Tal es el caso de Luis Armando Rivera Galdámez.

El paso de los años le ha permitido aprender y moldearse en el ámbito fotográfico y periodístico. Por su aporte en temas concernientes a la sociedad salvadoreña, su capacidad de documentar la importancia de las culturas y su énfasis en la captura de la memoria histórica, Galdámez se convierte en el ganador del Premio Nacional de Cultura 2017, edición XXIX.

Con la narración de experiencias enriquecedoras y algunas amargas, nos cuenta sobre su origen, su trayectoria y de cómo logró salir adelante, siempre con la convicción de crecer.

Una infancia en el lugar donde abundan los venados

Originario de Comasagua, en el departamento de La Libertad, Galdámez nació el 23 de julio de 1955. Sus padres fueron Héctor Rivera Pérez y Marta Galdámez, ambos oriundos de Comasagua, quienes se conocieron como trabajadores de la finca San Luis del Guineo, lugar donde Luis nace y cumple sus primeros años de vida.

“Yo llegué porque no había en esa finca más niños, llegué como dicen ‘como salero de mesa’, me andaban para un lado y para otro”, recuerda Galdámez. Posterior a su nacimiento, su padre renunciaría al trabajo en la finca y viajaría a San Salvador, específicamente a Ilopango, para trabajar en la fábrica de Café Listo. Luis se trasladaría con su madre a vivir en Comasagua.

“A Comasagua quizás yo llegué de unos tres años. Viví dos años con mi mamá allí, mientras mi papá trabajaba en San Salvador. Luego, de los cinco a los ocho años, me dejan a encargo de mi abuela”, explica el fotógrafo. Mercedes Rivera y Máximo Pérez son los nombres de sus abuelos, quienes fueron sus formadores por varios años.

Su infancia se resume en un ir y venir desde San Salvador a Comasagua. Sobre este periodo explica: “Era la libertad de desplazamiento, el clima, lo que fueron los abuelos en cuanto a disciplina y mi desarrollo como persona”. Fue entonces que Galdámez adquirió el gusto por las manualidades y la curiosidad por conocer las leyendas de su pueblo.

A sus 10 años de edad, viaja junto con su hermano Óscar Ovidio a vivir en San Salvador. Pero por conversaciones entre sus padres y abuelos —que ya estaban acostumbrados a vivir con ellos—, regresa a Comasagua. Galdámez afirma que sus recuerdos más significativos vienen de ese lugar.

Desde temprana edad surge en él un interés por desarrollar trabajos manuales, como la elaboración de trompos y capiruchos: “Hacer un buen trompo era ir a cortar un pedazo de madera guayabo e ir a buscar un clavo a la calle, meterlo con una piedra ahí en medio y después, con el corvo, sacarle punta, limarlo con un güiste e ir a jugar. Le dábamos la forma como cualquier trompo de fábrica. Entonces, esa parte como que uno ya la trae”.

Por otro lado, su pasión por el dibujo nace de las visitas que junto a sus compañeros y profesores ejecutaba a los volcanes, lagos y valles —cuando su tarea era dibujar esos paisajes—. En eso recuerda siempre haber tenido excelentes calificaciones.

Otra de las experiencias que lo harían adentrarse en las manualidades sucedería durante su adolescencia, cuando encuentra su primer modelo a seguir: “Tuve un amigo que era ingeniero agrónomo, pero él siempre hizo manualidades. Hacia barcos de cacho, figuras de madera y aves de madera; esas manualidades él las vendía en el aeropuerto de Ilopango. Fue mi maestro, yo le seguía todos los pasos”.

Siempre con el empeño de salir adelante, aprende el oficio de sastre y elaboraría gorras italianas para sus amigos, con lo que lograría sostenerse. También solía escuchar la radio KL, donde fue tres veces ganador de lámparas de mesa, que posteriormente vendía para reinvertir el dinero. “Entonces, en ese desarrollo de adolescente fue lo que me llevó a buscar información de un lugar donde pudiera yo estudiar manualidades y fue que encontré gente del CENAR (Centro Nacional de Artes) que me dio la información. Pasé a esa etapa del bachillerato y me sometía los exámenes de admisión, y quedé”, cuenta complacido.

Antes de entrar al CENAR, sus padres, con el objetivo de que él aprovechara esa oportunidad de estudio, lo envían a estudiar a San Martín, donde encontraría amigos, buena enseñanza y un equipo muy dedicado al estudio.

Desde el dibujo hasta el fotoperiodismo

De sus estudios en el CENAR, Luis recuerda el entusiasmo por realizar sus tareas de la mejor manera. Se graduó en el año 1976, del bachillerato opción Artes Plásticas, donde se especializó en Dibujo Arquitectónico.

Para 1977, el CENAR había agregado cinco nuevas plazas para la asistencia de la docencia en diferentes ramas. Galdámez obtuvo una de las plazas, asistiendo en las materias de Dibujo Arquitectónico y Fotografía: “Entonces allí fue donde me cautivó la fotografía, tanto que cuando en 1977 abren esa oportunidad, lo que yo más estaba buscando era asistir al encargado de Fotografía y lo que me asignan fue para Dibujo Arquitectónico”.

Para su suerte, el encargado de la materia de Fotografía dejó el CENAR y dejó la clase, con lo que Luis pasó a ser el nuevo encargado de la materia. Entre sus funciones figuraban: Impartir clases a los estudiantes, registrar todas las actividades propias del CENAR y colaborar en algunas publicaciones del Ministerio de Educación (MINED) como La Cofradía y Arte Popular: “Iba con un redactor del ministerio, yo con la foto. Con eso ilustraba los artículos y ahí fui aprendiendo el área de la fotografía en esta forma editorial”.

Trabajó en ese cargo hasta 1993, impartiendo clases también de Diseño Gráfico y cursos de extensión cultural. Además, se trasladaría a la Unidad de Extensión Cultural de la Universidad de El Salvador —un trabajo de medio tiempo— y colaboraría en diseño gráfico y fotografía.

“Ahí es donde digo ‘yo voy a estudiar, ya que estoy cerca de la universidad’. Voy a estudiar periodismo, porque quiero aprender más de fotografía”, explica.

Para 1983, Luis entra a la Escuela de Periodismo; dos años después, Iván Montesinos, docente de la materia de Fotografía, reconoce su trabajo y le pide que lo ayude en el área de revelado.

De su trabajo como periodista reconoce, para entonces, no haber tenido mucho conocimiento; sin embargo, afirma ya haber tenido sus primeras experiencias entre 1978 y 1980, producto de la curiosidad que lo caracterizaba.

“Como intuición de oficio, me da por no quedarme atrás y registrar esos momentos. Allí ya empiezo con mis primeras incursiones a cubrir situaciones propias del conflicto armado”, afirma, refiriéndose a coberturas como el entierro de monseñor Óscar Arnulfo Romero, que lo van introduciendo en el campo periodístico.

Su paso por agencias periodísticas como France Presse y Reuters lo forjarían en el campo. Según él, en sus inicios el trabajo periodístico le parecía complicado: “Se da un hecho de que matan a doce o catorce civiles. La guerrilla los emboscó, los mató y todo. Yo me di cuenta dos horas después y no conseguí las fotos, ni transmití. Casi me echan. Mi suerte fue que, a los dos días siguientes, la secretaria de Estado para Latinoamérica hizo una visita de emergencia y fue al lugar donde habían quemado a las defensas civiles, allí sí fui e hice unas fotografías”.

Las fotografías de ese hecho serían posteriormente publicadas en la revista New York Times, con sus créditos. “Vi la foto, pero nadie me felicitó. Iván Montesinos me lo recordó de esta manera: ‘Cuando cometas un error te van a llamar, cuando hagas tu trabajo nadie te va felicitar, porque esto (periodismo) no es de un día, es de toda una vida’”.

Con eso comprendió el esfuerzo que requiere el trabajo periodístico y ya para 1989, su trabajo era reconocido, sabía del manejo de las temáticas: cómo editarlas, procesarlas y cómo enviarlas.

Previo a los procesos electorales, en marzo de ese mismo año, sucede el atentado que lo deja marcado —tras recibir la noticia de que él sería el nuevo encargado de la agencia, luego de años de aprendizaje—, Roberto Navas un compañero residente en Mejicanos, decide ir a dejarlo a su casa.

“Nos dispararon a la altura de lo que antes era la Cigarrería Morazán, al costado de una gasolinera. Nosotros íbamos en marcha. Yo vi los retenes y cuando vi que un soldado salió de la gasolinera le dije a Roberto ‘pará’. Cuando paramos, al lado izquierdo del arriate, cuando nos estábamos acomodando, soltaron la ráfaga; yo me salvé por el movimiento que hice al bajarme de la moto, mi cuerpo quedó como en ángulo. Roberto, como quedó sentado, a él los disparos le entraron. Según los médicos forenses fueron dos balas. Tuve suerte, si me hubiera quedado sentado, también me hubieran cruzado las balas”, narra.

El instinto de sobrevivencia lo hizo permanecer herido durante una hora en ese lugar. Luego de eso, fue trasladado al Hospital Rosales, donde el diagnóstico era desconsolador: Debían amputarle el brazo, pero Galdámez se opuso al tiempo que denunció que fueron los soldados quienes le habían disparado.

“Por mis complicaciones en la recuperación tuve una reunión con el médico. Él me dijo ‘te voy a cortar la mano’, pero como ya había recuperado el movimiento del brazo, le dije que no. Entré a otro proceso”.

Luis asegura que ese es el golpe más fuerte que ha recibido, pero no fue obstáculo para seguir dando cobertura a diversos hechos, aunque admite haber sentido temor.

Su familia como pilar de comprensión en su carrera

Galdámez es el mayor de seis hermanos. Sin embargo, el trabajo y el estudio le permitieron únicamente formar una estrecha relación con dos de ellos: Óscar Ovidio y Saúl Dagoberto. “Somos seis hermanos, uno de mis hermanos desde que estábamos niños hasta la adolescencia siempre aguantó las regañadas. Yo, por ser un año y medio mayor, siempre fuimos como los hermanos gemelos, uña y carne”, recuerda.

Sus padres, por otro lado, siempre se preocuparon por él: “Decían que yo era vago, que no pasaba en casa, que por mi trabajo solo afuera pasaba. Ellos se fueron conformando con esa idea y realmente sí han sufrido por el tipo de trabajo que es de alto riesgo”.

Actualmente, Galdámez está casado con Mirna Cecilia Escobar y afirma que, en diversas ocasiones, a su esposa le advirtieron que no debía casarse con él debido a las implicaciones de su trabajo.

“Mi casa fue cateada una vez, donde me involucraban de que yo era miembro de la radio Farabundo Martí. Ellos pensaban que yo era colaborador y todo porque trabajaba en la agencia. Para ese momento, mi esposa estaba embaraza y eso no lo perdona ella, agregando mi accidente. Fueron problemas muy duros en ese entonces. Ahora siempre el sufrimiento ha quedado por el trabajo de mis hijos, ya que ha sido el mismo camino que tuve; los dos son fotoperiodistas, incluso mi nieta estudia Ciencias de la Comunicación”.

Continuas coberturas en Honduras, Guatemala y Nicaragua que le permitieron ir posicionándose en el campo periodístico le impidieron pasar mucho tiempo en casa: “Ahora que yo me he dado mi año sabático, disfruto lo que es estar en casa. Es allí realmente donde uno devuelve los votos, aunque mis hijos no me devuelven el pesar que tengo con ellos”, añade.

Premio Nacional de Cultura 2017, dedicado a los ausentes

“La fotografía en términos de noticias ilustra testimonios, demuestra y documenta los hechos. Entonces, es un contenido que llega al que está dentro de una oficina tal y como uno lo vio”. Como ganador del Premio de Cultura 2017, Galdámez acepta sentirse sorprendido de que su trabajo sea reconocido en tal magnitud. Además, agradece el nivel de profesionalismo que le fue inculcado en el CENAR.

Al preguntarle ¿A quién dedicaría el Premio?, responde: “No sé porque en mi vida algo de suerte he tenido, jugando con la muerte o quizá la muerte ha jugado conmigo, porque en mi trayectoria no menos de 12 compañeros se han adelantado y yo he dicho públicamente que se lo dedico a los ausentes; también a mi familia, en su mayoría la tengo entera, viva, como dicen; además, a mi cuarto hermano, que falleció. Él murió de leucemia, ya estaba mayor, le gustaron las artes y estudió en el CENAR”.

Al convertirse en ganador de este premio, Galdámez afirma que sus planes van dirigidos a la enseñanza de las nuevas generaciones, en especial a quienes provienen de las comunidades más pobres y recónditas del país.

 

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