El título del proyecto genera impacto por sí solo, pero si nos adentramos a las verdaderas historias que crearon una compilación de más de 50 obras artísticas, nos damos cuenta que “De rodillas, el legado sin gloria”, hace un llamado de atención a que el pueblo salvadoreño desarrolle su responsabilidad ciudadana en el país en uno de los lugares más sensibles en la memoria histórica: El caserío El Mozote.

Su creador es el francosalvadoreño Ahtzic Silis, quien nos hace preguntarnos sobre cuál es la responsabilidad ciudadana frente al porvenir del país, y si nuestra generación no tuvo la fuerza moral y guerrera que tuvieron nuestros padres para afrontar su realidad e iniciar un conflicto armado.

A fin de poder contestar esas interrogantes, Silis se introdujo a la búsqueda de artistas, diseñadores gráficos, fotógrafos, escritores, documentalistas, intelectuales y profesionales que fueran capaces de exponer, señalar y difundir un punto de vista sobre esta problemática. El resultado es una exposición que refleja el arte como un instrumento de lucha.

En este proyecto también se incluyó a una nueva generación nacida en El Mozote, que si bien es cierto solo conoce de la historia del lugar por documentos y relatos orales, aún siguen mostrando el reflejo de lo que la guerra civil de los años ochenta dejó en la comunidad.

Nacido el 20 de noviembre de 1972, en San Salvador, Silis es un artista que sabe utilizar diversas técnicas para impulsar su arte, desde fotografía hasta esculturas en metal —esta última la considera como su especialidad—. Son herramientas que utiliza para producir piezas que incluyen un mensaje social y de denuncia en algunos casos, las cuales presenta en su propia galería, ubicada en Lyon, Francia.

Para conocer más sobre este y nuevos proyectos, conversamos con el artista. A continuación sus impresiones.

Primero que nada, me podría explicar ¿Cuál es el motivo de su visita a El Salvador?

Quizás no estaba previsto, porque venir a El Salvador es muy caro, pero resultó que el proyecto en el que estoy trabajando empezó hace un año y cuando me di cuenta la manera en que el Gobierno iba a celebrar los 26 años de paz decidí venir para mostrar el proyecto.

Me fui de El Salvador hace 20 años y digamos que habiendo vivido la guerra directamente, porque mi papá era comandante de la guerrilla, tuve que salir porque como artista no había opciones para sobrevivir, solo aquellos que tuvieran los medios. Así que busque otras fronteras para mostrar mi trabajo y también me fui pensando que yo ya había pagado mi deuda con El Salvador.

¿Cuántas obras integran “De rodillas, el legado sin gloria”?

Míos son como 100 afiches y entre ellos hay varios textos. El taller que se hizo en El Mozote tiene como 50 obras de niños jóvenes y artistas, pero también hay gente que en el trascurso del proyecto ha hecho poemas, textos, videos y hay un sitio web donde está todo.

El taller se hizo con la artista plástica y coordinadora del programa del Buen Vivir de la Secretaría de Cultura, Yanira Elizabeth Elías, que trabaja aquí en Secultura también. El taller se hizo en agosto —2017— con la niñez del caserío y las obras terminadas se llevaron a Francia en mi taller y galería.

La idea es que ahora que tenemos bastante información —recopilada en Francia—, queremos llegar a los niños y a las niñas para mostrar lo que ya se hizo con su trabajo, también para presentarles las opciones que tienen para pensar y expresarse libremente, se conozcan lo que otras personas piensan bajo sus mismos criterios y no solo en El Salvador sino que en otros países.

¿Cómo hizo el contacto con Yanira Elías?

Somos amigos. Yo la conocí en Italia, teníamos una exposición colectiva en Roma, yo ya vivía en París y ahí la conocí, desde entonces somos amigos.

¿Con cuántos niños y niñas trabajó?

Son como 15 personas. La Casa de la Cultura proporcionó el local; el material (papel y lápices) lo puso Yanira de su bolsa. Nosotros hicimos lo posible, yo allá —Lyon, Francia— me encargué de recibir las obras, exponerlas, adecuarlas, hacer las infografías, hacer la comunicación y presentarlas.

Las presentamos en la semana de América Latina en Francia, que es evento nacional que agrupa una serie de exposiciones que tiene que ver con América Latina.

¿Qué fue lo que usted percibió en las obras?

Violencia, niños y niñas dibujando las fachadas de sus casas con balas en los muros. La obras tuvieron un gran impacto en las personas que asistieron a la exposición.

La verdad es que El Salvador en Francia a nadie le importa y ni si quiera saben dónde está. El punto es que una vez que la gente entendió de qué se trataba el proyecto, —es decir, usted pone allá una exposición del salvadoreño y allá no importamos nada, allá lo que importa de las cuestiones económicas y culturales son más focalizadas a Medio Oriente o África del Norte, Latinoamérica no cuenta y sobre todo un país tan pobre como el nuestro; las sedes diplomáticas que cuentan son las sedes que tienen dinero, es decir, México, Argentina y Chile—, pero cuando la exposición se montó y se le explicó a la gente quienes eran los participantes, quienes habían hecho el trabajo y el concepto de dónde venían y la historias el lugar, en ese momento se interesaron por el proyecto.

El valor de la exposición no eran las piezas sino que niños y niñas de entre 8 a 15 años, después de 25 años de haber firmado los Acuerdos de Paz, sigan expresando y experimentando tanto dolor, eso fue lo importante.

El proyecto es eso, cómo salir de este impase con las voces de los que están sufriendo, porque cómo es posible que esa niñez sea capaz de vivir en un lugar tan lleno de energía horrenda, donde existió una masacre… yo no sé cómo haría, pero ahí están, esta es su tierra. Ahora, ¿Cómo hacemos para que esta tierra florezca y que mañana no se conviertan en malos ciudadanos? Esos niños son la paz, pero nadie la está haciendo, ni ustedes ni yo.

La exposición era esa y cuando la gente entendió el significado, la exposición brilló solita.

¿Usted conoce a la niñez de El Mozote?

No los he visto. Es que el taller se hizo con Yanira y yo vengo a eso, a hacer la segunda parte del proyecto.

El taller iniciará el primer fin de semana de enero. Con el trabajo que se hizo vamos a desarrollar una serie de afiches, los cuales vamos a pegar en las calles.

Traigo unos afiches un tanto especial. Es una serie que habla de los derechos del niño, la niña y el adolescentes, estos contienen los derechos a la educación, a reír, a jugar, a la seguridad y hay uno en especial que se llama Derecho a Paz,  que está a la mitad. Este último quiero que ellos lo terminen e intervengan directamente para pegarlos a las calles y a eso vengo, a verlos, a agradecerles, conocerlos y seguir trabajando con ellos. No es gran cosa, pero de algo tiene que servir.

¿Ha pensado ir a otros municipios a replicar este proyecto?

Voy al municipio de Alegría, transmitiré el mismo proyecto con otro artista, con Guillermo Araujo. Aquí en San Salvador estoy trabajando con mis amigos de muchos años y, aunque no estamos de acuerdo en todo, este tipo de cosas nos unen.

¿Por qué eligieron ese municipio?

Porque Guillermo ahí tiene un centro cultural, un centro de desarrollo desde hace años. Se llama Casa Alegre, es una residencia artística donde desarrollan actividades con niños y jóvenes en temas de danza, arte y cultura en general, así que ahí era el lugar ideal. Él ya tiene la red, porque ya lo conocen, y yo no llego como un extraño y se hace más fácil el contacto con la gente.

¿Estas obras que se hagan van a presentarlas en Francia al igual que las que se trabajaron en El Mozote?

La idea es que se proyecten no solo en Francia sino que se expongan aquí también, por ejemplo en el MUPI (Museo de la Palabra y la Imagen).

¿Y qué técnicas va a enseñarles?

En realidad yo no soy muy bueno para trabajar con niños y niñas, pero por eso es que trabajo con otras personas para no estar solo, pero ya no es tanto enseñarles, yo vengo a aprender de ellos, esa es mi dinámica, que ellos saquen lo que tienen adentro, porque tienen muchas cosas que decir. Lo que hacemos es darles los materiales y guiarlos.

A la par de El Mozote estoy con otro proyecto, un concurso de arte que se hizo en los nonualcos, con una asociación francesa y otros organismos en San Salvador. Organizamos un concurso con niños, jóvenes y ancianos, y hubo anécdotas súper interesantes, por ejemplo una señora escuchó de la convocatoria del concurso y llegó con su foto y le pidió a una chica organizadora que en su obra se incorporara la frase: “A mí no me pusieron en una escuela y me sigue doliendo”. La señora —de 90 años—había guardado ese sentimiento, el de no saber ni leer ni escribir. Me impresionó tanto que después de tanto tiempo la señora siga sintiendo esa incapacidad y esa falta que le hizo fue escanear su foto y se reprodujo. Por eso no tengo que enseñarles, ellos solo lo hacen. Las cosas en el territorio se dan solas, sin necesidad de tener un maestro o un catedrático.

Otro ejemplo fue en El Mozote. La mayoría de niños y niñas llevaron una foto para transcribirla, una niña no tenía fotos, entonces le preguntamos qué quería dibujar y ella respondió: “Quiero dibujar la iglesia, pero no tengo una foto”, entonces la orientamos: “La iglesia la tenés aquí, siéntate enfrente y la dibujas”, al final esa es una de las pinturas más bonitas.

También hubo un niño que dibujó una calavera, creo que es el logo del batallón Atlacatl, o sea, ese horror ahí está después de 25 años.

¿Cuáles son las motivaciones por las que usted hace arte?

Puede sonar a existencialismo barato, pero el arte me ha servido para saber quién soy. Estoy seguro de lo que hago; ahora que conozco más y tengo la capacidad intelectual, puedo expresarme más y compartir mis conocimientos porque sé que algunas cosas pueden cambiar, en todo caso, las que me hacen daño. También es una forma de explicar qué hacer y cómo salvarnos de ciertas cosas.