“Lo que se observa aquí no son los rituales sino el pálido reflejo de ellos en lo que son las imágenes de Xipe Tótec”, dice el arqueólogo Paul Amaroli, al señalar la fotografía de un cartel al lado de la pirámide principal de Cihuatán, donde aparece la imagen de un fragmento de una escultura espigada para empotrar, encontrada al pie de la misma, en el centro ceremonial poniente del parque arqueológico.

Se observa a la deidad portar una especie de estandarte y en él su sello.

Se trata de una figura de círculo con punto en su centro, esculpida en talpetate y que era “un símbolo de Xipe Tótec”, una deidad relacionada a la guerra y el sacrificio humano, que tenían en común los pueblos nahuas del centro de México y cuyo culto pudo haber sido traído hasta esta región por los fundadores de Cihuatán.

“En cuanto a la evidencia de deidades (en Cihuatán) todo es nuevo y no asociado con los mayas locales. Las raíces se refieren al centro de México y a la zona del Golfo de México, donde hay evidencia de dioses como Xipe Tótec y  Tláloc (dios de la lluvia)”, explica Amaroli.

Y es que fragmentos de Xipe Tótec, figurillas de Tláloc y cerámica con decoración estilo mexicano han sido encontradas a lo largo de los años en las excavaciones que, desde 1929, se realizan en el sitio, cuando Antonio Sol y el ingeniero Augusto Barratta dirigieron “las primeras excavaciones oficiales en la historia de El Salvador”,  en la pirámide principal y en el juego de pelota norte.

Arqueólogo Paul Amaroli en las ruinas del templo de Ehecatl, dios del viento.

En excavaciones posteriores se descubrieron todo tipo de estructuras, entre estas una en forma circular que se piensa es el templo que quedó “a medio construir” del dios del viento Ehecatl, que en la cosmovisión de los pueblos del centro de México era el ayudante del dios de la lluvia, Tláloc.

Ehecatl. Figura encontrada en Quelepa.

“No es que aquí hubo influencia mexica, sino que las personas de aquí que dirigieron la construcción de esto venían de un mundo cultural con raíces comunes con los mexicas, que era el mundo nahua. El viento que veneraban era el viento que anuncia las lluvias, que levanta las hojas. A Ehecatl, los mexicas le llamaban el barrendero de Tláloc, porque le limpiaba el camino, traía la promesa de la lluvia”, dice el arqueólogo de origen estadounidense.

Aunque las representaciones de las deidades encontradas en Cihuatán “evocan mucho los orígenes del centro de México de los dirigentes de Cihuatán”, Amaroli señala que hay que estudiar también los barrios que se levantaban alrededor del centro monumental del  sitio, donde vivían “miles de personas” en casas de bahareque y techos de paja, de los cuales aún existen vestigios.

Otro aspecto que refuerza la teoría de los orígenes mexicanos de Cihuatán es que la cerámica doméstica “era de tipos totalmente nuevos, no como venían usando los mayas. El sistema constructivo es totalmente diferente a como construyeron en San Andrés. El núcleo (de la pirámide principal) es como un corral de piedra, relleno de tierra  y piedra, lo revistieron con bloques de talpetate que sacaron del río Acelhuate y lo recubrieron con cal”.

“La mexicanidad de la que habla Paul (Amaroli) es el conjunto de características no solamente culturales que se reflejan en la religión o en la iconografía en la cerámica sino que la vemos en la arquitectura, por ejemplo, el Palacio de los Señores de Cihuatán es un reflejo del típico tecpan que nosotros vemos en los códices (mexicanos), que son esos edificios ocupados por los gobernantes y que estaban decorados por almenas (adornos) parecidas a las encontradas en Cihuatán”, dijo la arqueóloga Claudia Moisa, del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán (MUNA)

Con un centro monumental calculado en 40 manzanas de terreno, Cihuatán era uno de los sitios arqueológicos más grandes en su época de esplendor y estaba divido en barrios, uno de estos es el ahora conocido como sitio arqueológico Carranza, de donde se han extraído muchas de las piezas arqueológicas que se exhiben en el MUNA.

“Según los datos arqueológicos, las crónicas y códices se dice que a la caída de Teotihuacán, entre el 800 y 900 d. C., muchos grupos que eran oriundos de la zona de Tula, conocidos como toltecas, comienzan a expandirse hacia el oriente mesoamericano. Los toltecas en esas migraciones ocupan las costas del pacífico de Guatemala,  El Salvador, Nicaragua y la provincia de Nicoya, en Costa Rica”, explicó Moisa.

Por la evidencia arqueológica se conoce que la ciudad surgió después del conocido “colapso maya”, en el año 900 d. C., de manera que sobrevivientes de este colapso también pudieron formar parte de su población. Cihuatán mantuvo ocupación hasta el 1200 d. C., cuando fue destruida por el fuego enemigo de posiblemente grupos locales y nunca más fue repoblada.

“La evidencia indica que esto ocurrió por una invasión. La ciudad fue incendiada y entre los escombros quemados se encuentran puntas de flechas y de lanzas”,  indica el sitio web de la Fundación Nacional de Arqueología de El Salvador, a la cual pertenece Amaroli, y es la encargada de las investigaciones en el sitio.

Estas son algunas de las piezas encontradas en Cihuatán y en el sitio arqueológico Carranza:

CARRANZA SELLO XIPE 1