El interés por conocer cómo vivían las sociedades pasadas y los descubrimientos sobre mayas o egipcios fueron decisivos a la hora de elegir qué estudiar, para las cinco arqueólogas del Departamento de Arqueología de la Dirección Nacional de Patrimonio Cultural y Natural de Secultura. “Cuando me preguntaban ya en bachillerato qué iba a estudiar y yo respondía Arqueología, siempre me decían ‘te vas a morir de hambre’, y tenían razón, pero es mejor ser feliz con lo que uno hace”, dice la arqueóloga Michelle Toledo.

Ella, junto con Miriam Méndez, Nancy Trujillo, Margarita Morán y Rocío Herrera, es de las cinco profesionales que, al igual que sus cinco compañeros arqueólogos, tienen la misión de proteger y conservar el patrimonio arqueológico de nuestro país. Hacen inspecciones, excavaciones,  investigaciones, preparan informes y dan a conocer resultados. Estudiar y graduarse de arqueólogas no ha sido fácil en una profesión dominada por hombres.

Nancy Trujillo (izquierda) y Margarita Morán (derecha).

“El principal obstáculo con seguridad es el machismo imperante en nuestro gremio, que a lo largo de todos estos años ha servido como piedra de tropiezo para cada uno de los logros y propuestas que como arqueóloga he planteado tanto dentro como fuera de la institución”, asegura Miriam Méndez.

Su postura es compartida por Rocío Herrera, quien agrega: “Es difícil que te tomen en cuenta como profesional siendo mujer, en muchos casos porque creen que si te graduás no ejercerás o porque eres mujer no aguantarás estar en campo. Ya al graduarte debés obtener el respeto de los hombres, ya que aún vivimos en una sociedad machista”.

“Aunque vivimos en pleno siglo XXI, aún hoy día consideran a la mujer como ‘el sexo débil’, que es incapaz de realizar ciertas actividades o trabajos físicos, menospreciando en ocasiones el profesionalismo de cada una de las arqueólogas”, dice Trujillo.

Pese a estas dificultades, que otras mujeres en otros campos también tienen que vivir, ser arqueóloga da satisfacciones y una de las más grandes es que, por ejemplo, tras semanas de excavación bajo el sol y a 40 grados de temperatura, aparece algo que hace que todo valga la pena.

Michelle Toledo muestra una osamenta doble a periodistas.

“La sensación más inexplicable es al momento de desenterrar los hallazgos, cuando tus ojos ven algo después de varios cientos de años, eso es lo que más me apasiona”, dice Toledo, quien en 2017, luego de seis semanas de excavación en más de 30 pozos de sondeo, descubrió un entierro doble de más de dos mil años de antigüedad, con sus ofrendas casi intactas.

“Descubrir nuevos datos que serán un aporte a la historia, ya sea grande o pequeño, es una contribución importante; igualmente es trabajar con personas que viven en la zona rural, sobre todo porque cuando se hacen excavaciones, generalmente se contrata a personal local, lo que ayuda a identificar las dinámicas socioculturales que actualmente se dan en diversas zonas de nuestro país”, dice Margarita Morán, quien descubrió junto a Nancy Trujillo, una serie de vasijas prehispánicas en la entrada de una colonia tecleña.

Miriam Méndez.

Morán es una amante de la Arqueología Pública y está empeñada, junto con su colega Miriam Méndez, en educar e involucrar a las comunidades cercanas a los sitios arqueológicos en la conservación y  protección de los mismos, tal es el caso del proyecto dirigido por Méndez, quien con autorización e involucramiento de los miembros de una cooperativa restauró tres estructuras del sitio arqueológico El Panteoncito, en la zona de la cordillera del Bálsamo, contribuyendo así a la puesta en valor de dicho patrimonio.

Continuar preparándose académicamente está en los planes de estas cinco profesionales, sobre todo si se trata de una especialización en alguna rama arqueológica. “Actualmente, mi interés personal y profesional se enfoca en la bioarqueología, que es el estudio de la parte biológica encontrada en los restos arqueológicos y más específicamente es el estudio de las paleopatologías humanas en restos arqueológicos, en otras palabras, estudiar enfermedades que afectaron a las poblaciones prehispánicas”, dice Herrera.

Rocío Herrera.

“Profesionalmente, yo aspiro a que desde las investigaciones arqueológicas se valore el patrimonio cultural existente en el país y que este no se vea menospreciado o sea objeto de un obstáculo para el desarrollo de proyectos, pues la identidad de una sociedad está sustentada en su pasado”, señala Trujillo, quien en la actualidad estudia una licenciatura en Derecho.

El 8 de marzo de cada año, el mundo conmemora el Día de la Mujer, una fecha que se vuelve propicia para reflexionar sobre los avances que las mujeres han logrado —a fuerza de lucha— en la ciencia, la política, los derechos civiles y humanos.

“Realmente espero que llegue el punto en el que todos y todas dentro de esta profesión seamos respetados en todos los aspectos, sin importar si se es hombre o mujer, puesto que lo más significativo es la protección del patrimonio arqueológico; no debemos olvidar que es lo principal, más allá de las desavenencias que podamos tener de hombres hacia mujeres y viceversa”, dice la arqueóloga Margarita Morán.