Los fuertes vientos del 25 de octubre de 1973 alegraron los viejos cerros del municipio de San Marcos. Traían consigo hojas, polvo y la frescura de un bebé con un corazón teatrista, a quien sus progenitores —María Margarita Benítez, originaria de Berlín, Usulután  y Antonio Pineda, originario de La Paz—  bautizaron como César.

Pineda creció bajo un ambiente de fusiles y tanquetas —guerra civil de El Salvador— y a sus escasos cinco años presenció escenas perturbadoras, como cadáveres aglutinados, decapitados y cuerpos mutilados por doquier.

“Cada vez que me dirigía al kínder mi madre me tapaba los ojos para no observar las atrocidades, pero desde pequeño fui muy curioso y siempre lograba dar un vistazo”, rememora, sobre sus viajes a la Parvularia Capitán General Gerardo Barrios.

A pesar de los años difíciles, la numerosa familia de Pineda supo crear un ambiente cálido e idóneo, en el que los abuelos lo cuidaron junto a sus hermanos, mientras su madre trabajaba.

Pineda compartió su tiempo libre con su abuela paterna, Bernardina Pineda Ramos, indígena originaria de los nonualcos, quien heredó a su nieto lo místico, mágico, misterioso y religioso de su personalidad.

“Ella solía tener una veladora encendida día y noche, construía altares para sus santos y seres queridos, cualidad que implantó en mí la semillita para entrar en la aventura de la ritualidad del arte”, compartió Pineda.

De la infancia recuerda que, en ocasiones, como todo niño juguetón, hurtaba rosas del jardín de su vecina y maestra, la señorita Colocho, para colocarlas en los altares que construía con sus juguetes. La maestra impartía clases en la primaria de la Escuela Lyndon B. Johnson, en la colonia América, cerro de San Jacinto. Ella nunca supo sobre las jugarretas del menor, pero sí sobre su participación en las actividades escolares.

Asimismo, saca del baúl de los recuerdos que en su niñez solían vestirlo como indígena para el Día de la Cruz y demás tradiciones. Por dos años consecutivos, actuó como Rey Feo para la competencia de las Flores de Mayo en su centro escolar y ganó en ambos por mayoría de votos.

A sus 13 años —1985—, su familia cambió de vivienda y se trasladaron al municipio de Cuscatancingo, cerca de su abuela materna, Mirtala Benítez—quien cumplirá 85 años —. Debido a la mudanza, sus progenitores lo inscribieron en el Complejo Educativo Tomás Cabrera, tomado por la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) cuando recién iniciaba sus clases.

Esa fue su primera experiencia de la guerra: “Ver cómo la escuela quedaba entre el fuego cruzado y el ruido de las armas me hizo entrar en conciencia sobre la situación de violencia del país y sobre el amor que me tiene mi mamá, quien dejaba de inmediato todo para protegerme”, exteriorizó Pineda.

En la adolescencia, enfrentó su segunda experiencia con la guerra, la Ofensiva de 1989, que dio lugar a bombardeos, campos de batalla, aviones, tiroteos y muertes en las zonas populosas de San Salvador.

Pineda recuerda como él y su familia pasaron días refugiados bajo los colchones de las camas —en el municipio de Mejicanos—, y fue hasta el quinto día que salió y se sumó a otros jóvenes organizados en la iglesia de la localidad para salir a regalar víveres.

En un afán por ayudar al prójimo no se percató del tiempo y, dado que existía toque de queda, las autoridades militares estaba autorizadas para detener o disparar contra presuntos sospechosos o guerrilleros, por lo que tuvo que acortar el camino para llegar a su refugio.

Él y los jóvenes pensaron que era lo mejor, más no se esperaban la tétrica escena que estaban por presenciar: “En una de las calles por las que pasamos había una pila de cadáveres, estaban inflados porque les daban fuego o por el sol; por ese lugar estaban al acecho perros y zopes ¡se los comían!”.

Pese a las circunstancias, no tuvieron más alternativa que pasar, pues era preciso llegar a su destino. Al escuchar los pasos del grupo, los carroñeros se asustaron y soltaron en desbandada con partes de los cuerpos.

Con todo y estas impactantes vivencias que tuvo en la adolescencia, Pineda continuó estudiando en la Tomás Cabrera. Ahí concluyó su plan básico (de séptimo a noveno grado), participando en presentaciones teatrales, bailes y en la bajada de mangos de la finca contigua al centro escolar.

Su educación media (bachillerato) la hizo en el Instituto Nacional General Francisco Menéndez (INFRAMEN), donde se graduó como bachiller en Enfermería. En este lugar ganó un certamen de oratoria cuando dramatizó “El brindis del bohemio”, poema que alegró los corazones de los asistentes.

“Me gustaron los aplausos, sentí que mi corazón palpitaba algo, ‘¿arte?’ quizá, pero por primera vez me di cuenta que me sentía cómodo al estar en un escenario”, recuerda Pineda.

 

El teatro salvó su vida

El destino de César Pineda daría un giro de 360 grados al ingresar a la Universidad de El Salvador (UES), adonde llegó a estudiar el Doctorado en Medicina, pues venía de una disciplina homóloga.

Un año fue suficiente para que este joven de barrio supiera que medicina no era lo suyo y decidió cambiarse de profesión producto del contagio teatral que había adquirido en bachillerato. De esta manera, optó por ingresar al Taller en Teatro UES, de Proyección Social Universitaria (1994), integrándose como parte del elenco.

Recuerda que otra de las razones para dejar los sueños de la abuela materna de ver a su nieto convertido en doctor fue el factor económico; sin embargo, afirma: “Ambas carreras tienen algo en común, las dos salvan vidas, la diferencia está en las herramientas que se utilizan; la medicina cura el cuerpo y el teatro sirve para curar el alma”.

Para Pineda, su formación fue muy difícil. Provenía de una familia humilde, que no alcanzaba a costearle la universidad, pero como él dice: “Siempre hay ángeles que ayudan”.

“En mis andanzas apareció Matilde García, una pintora y que era parte del elenco teatral. Maty me dejó como responsable de su vivienda en la colonia Zacamil”, recuerda Pineda.

La confianza de la artista García le dio la oportunidad a Pineda de independizarse de su familia y entregarse por completo a su nueva oferta académica, la cual moldeó su carácter para beneficio de la gente y el desarrollo cultural del país.

En la universidad tuvo la oportunidad de formarme con buenos maestros, evocó a René Lovo —actual director de la Galera Teatro— y a Francisco Borja —maestro de teatro de la UES— ; a ellos se suman Filánder Funes —su primer mentor— y Fernando Umaña.

A Filánder lo recuerda como un hombre extremista, que compartió su experiencia actoral en la Escuela Arte del Actor —bajo el sistema de Kostantin S. Stanislavski— y le enseñó “la radicalidad de la vida, a terminar todo tipo de tarea, por muy difícil que fuera, y a tener una rigurosa disciplina”. Piensa que muchos consideraban la forma de enseñar de Filánder como extrema “pero el arte del actor es radical, no admite medias tintas o se es o no se es, punto”.

Aunque a él  solían decirle que esa escuela era muy rigurosa, formaron parte de la misma Jorgelina Cerritos, Dinora Alfaro, Jennifer Valiente, Alicia Chong, Claudia Farela, Enrique Valencia y Héctor Estrada —exponentes del teatro en El Salvador—.

Pese a las críticas que escuchó y algunos enfrentamientos que tuvieron con el maestro Funes, fue él quien lo orientó a ver el teatro desde dos concepciones de vida: La violencia y el sexo.

Su primera actuación fue en el Teatro Universitario en 1994, con la obra “Cosas de muchachos”, de Jesús González Dávila —pieza que trata sobre cómo los jóvenes descubren su sexualidad— y dirigida por Francisco Borja. Con esta puesta en escena se efectuaron más 100 presentaciones en las que hizo su primer rol protagónico.

Por cinco años consecutivos, fue estudiante de teatro. Como todo joven con ansias de comerse el mundo, deseoso de progresar y tecnificarse en las artes escénicas, obtuvo la oportunidad de trabajar como maestro de Teatro en la UES.

En esos días como docente, formó parte del elenco de Teatro Estudio de San Salvador (TESS), dirigido por Fernando Umaña. Allí participó por más de cuatro años en obras como: “El médico a palos”, de Moliere, y “Mirandolina”, de Carlos Goldoni.

En las obras citadas actuó con los teatristas de renombre: Egly Larreynaga, Alejandra Nolasco, Omar Renderos y Paola Miranda, entre  otros. Pineda también formó parte de elencos múltiples en las temporadas teatrales del maestro Roberto Salomón (Premio Nacional de Cultura 2014).

Lo aprendido con Filánder y sus demás maestros, más las imágenes y vivencias que recuerda sobre la guerra civil de El Salvador, le sirvieron de caldero creativo para montar también obras con su propio grupo, con temáticas que giran sobre el fenómeno de la violencia y una fuerte carga de sexualidad.

“Las obras de César son enfermas” y “Él está mal de la cabeza”, fueron parte de las críticas que recibió sobre su trabajo como director de teatro. De acuerdo a su punto de vista: “El teatro es una herramienta de lucha, un arma de conciencia y educación, y un martillo para quebrar la realidad, para provocar en el espectador una revolución mental, un teatro subversivo”.

El artista agrega que la misma naturaleza es brutal, lo que comprobó en los terremotos de 1986 y 2001, que lo sensibilizaron para ayudar a los afectados. Visitó albergues en los departamentos de La Paz y San Vicente, en compañía de los integrantes del Taller de Teatro UES. “Nos vestimos de payasos con el objetivo de alegrar los corazones de la niñez, la juventud y las personas adultas mayores;  jugamos y actuamos”, cuenta.

Otras experiencias son tras el huracán Mitch, cuando durante una semana ayudó a las víctimas en las islas del Estero de Jaltepeque, La Paz. A través de estas travesías, se dio cuenta de la importancia de las artes en situaciones de emergencia y sintió una conexión con las comunidades.

 

Corazón teatrista

Con una mente inagotable, sedienta de aprendizaje y deseoso de conquistar el mundo actoral, Pineda emprendió un nuevo reto, una vida en el extranjero que lo llevó a fortalecer su visión sobre el arte del actor.

Para lograr su meta solicitó permiso a la Universidad de El Salvador —lugar en el que trabajó como docente de Artes Dramáticas—para tomar una beca de estudios en Artes que desarrollaría en Cuba; desafortunadamente, no había para su especialidad, pero sí en Ingeniería Mecatrónica.

Aunque no tenía conocimiento sobre dicha área, decidió aventurarse, viajó en 2002 a La Habana, capital enriquecida en cultura. Al llegar a la isla, se escapó de las clases de Mecatrónica para buscar alguna institución que lo formara en teatro; anduvo errante por varios días, hasta que apareció Zapico, otro ángel que apareció en su vida, un hombre encargado de la publicidad de los teatros en la Habana.

Su nuevo aliado le mencionó un Técnico en Dirección de Teatro (únicamente para cubanos) y le dijo que hablaría con el maestro Nelson Dorr, uno de los grandes directores teatrales de La Habana.

Posteriormente, fue entrevistado y aceptado. Era el único extranjero en el Técnico, sin embargo, él no vivió la experiencia como tal, sino como un cubano más; alternó sus clases de Mecatrónica con el teatro, participó en talleres de maquillaje, títeres, danza contemporánea y actividades artísticas.

Al terminar su ciclo en Cuba, regresó a El Salvador y se percató de tres becas de Actuación en Costa Rica, aplicó y ganó junto a las talentosas actrices Jennifer Valiente y Egly Larreynaga.

Pineda pasó su estadía en tierras costarricenses haciendo teatro las 24 horas. Conoció a uno de los tres grandes referentes de las artes escénicas en Latinoamérica, el director de teatro, ensayista y pedagogo mexicano Luis de Tavira, quien se convirtió en su segundo gran mentor.

Tavira le inyectó una nueva filosofía: “Él maestro solía decir: ‘sí quiere hacer teatro… tome su cruz y sígame’,  todos sabíamos directo a donde iríamos, directo a que nos crucifiquen”.

Además, su nuevo mentor le enseñó que no se trabaja en las artes escénicas por recompensa, sino por necesidad, que una vida dedicada al teatro es sacrificada, pero no con el objeto de enriquecerse, sino por pasión, para el beneficio de los demás.

Posteriormente, ingresó al Centro de Arte Dramático de Michoacán, México, una extensión de La Casa del Teatro —escuela de arte dramático referente en el Distrito Federal—, en el que permaneció durante tres años. Las clases fueron semipresenciales; un mes al año viajaba para recibirlas y el resto de los meses se dedicaba al teatro en El Salvador, compartiendo aulas entre el Teatro Universitario y la Escuela de Teatro del Centro Nacional de Artes (CENAR).

Pineda cuenta: “Obtuve trabajo en México como encargado del curso. El maestro Mauricio Pimentel estaba por iniciar el proyecto Teatro Rocinante, allí experimenté hacer teatro en un contenedor, este era armado como un escenario profesional en plazas y espacios públicos”.

En estas andanzas por las tablas recorrió los pueblos del Estado de Michoacán, México, y disfrutó de la actuación con cada obra en la que se presentaba, principalmente, porque las piezas eran en relación a las comunidades.

En ese transitar se topó con un reto, interpretar al migrante, personaje de la obra “El viaje de los cantores”, del dramaturgo Hugo Salcedo. 

Nuestro connacional se enfrentó a un bloqueo emocional, el tema de la migración es una problemática que afecta a El Salvador y él sabía que sus compañeros de actuación veían a su país como el eterno migrante; además, fue la primera vez que experimentó estar dentro de la gran industria de teatro y tenía que adecuarse a las exigencias, a trabajar con grandes actores y al proceso de formación, en el que se pedía procesos y propuestas creativas inmediatas.

Pese a los retos, Pineda logró su objetivo y actuó bajo la dirección de Pimentel, con un elenco de artistas profesionales mexicanos, en las 115 funciones que se desarrollaron.

Luego de años de formarse como actor con grupos de teatro, estudios en los distintos países y presentarse en varias obras dentro y fuera de su terruño, este connacional define que su línea de pensamiento sobre las artes escénicas es: El sexo y la agresión.

Pineda también divide su pasión por la actuación con años dedicados a enseñar a generaciones jóvenes y el trabajo cultural en las comunidades, saberes que puso en práctica al ser nombrado como Director Nacional de las Casas de la Cultura y la Convivencia (año 2014), del Ministerio de Cultura, en especial como impulsor del proyecto de teatro infantil La Colmenita —que inició en El Salvador en el 2015—.

La Colmenita es una experiencia cubana que no dudó en tomar como modelo para aplicarlo en las comunidades más vulnerables de El Salvador —en la actualidad existen 31 colectivos colmeneros, en los que participan 1 118 abejitas—.

Cada proyecto en el que este artista trabajó con las comunidades tuvo éxito, debido al contacto directo con la gente y también, como dice él: “Para facilitar lo que quizás no tuve plenamente en mi infancia, proporcionar felicidad y curar el alma intolerante, agresiva, sangrienta y dolida de nuestra historia”.

Al ser un hombre de gran corazón, su trabajo habló por sí mismo y esa misma habilidad con la gente y su pasión por la cultura lo llevaron a adquirir una mayor responsabilidad en el cargo de director general de Redes Territoriales, puesto que ejerce actualmente.

Pese a que trabaja en una institución gubernamental, él no aparta al teatro de su vida y disfruta cada puesta en escena, como “El viaje de los cantores”, “Anafilaxis”, “Tartufo” y “Médico a palos”, algunas de las 32 piezas en las que ha actuado y que más rememora.

Al cierre de la entrevista, Pineda reflexiona: “Contribuir al desarrollo del país es moldear nuestras vidas, aplacar el ego y luchar por el desarrollo del arte y la cultura sin exclusión, aún a costa de nuestros sueños personales. Tenemos que asumir que somos parte del colectivo que nos ha tocado vivir”.

 

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