En el cantón Sábana Grande de Nahuizalco, Sonsonate, viven un aproximado de cinco mil personas, en su mayoría en condiciones de pobreza, pero a pesar de su situación luchan por salir adelante con un oficio que ha sido heredado por sus ancestros indígenas.

Hablamos de la artesanía que hacen con el carrizo, una vara que alcanza una altura de tres metros, que tiene similitud con la caña de azúcar y la vara de castilla, solo que esta es robusta, dura y hueca.

José Santos Graciano es residente de este cantón, quien pese a las condiciones de difícil acceso a la educación, salud y empleo, se dedica junto a un 5% de su comunidad a elaborar canastos de carrizo, productos que trenzan desde su niñez.

Para llegar a su hogar —fabricado con lámina, varas de carrizo y un par de paredes de ladrillo—, se tiene que serpentear desde Nahuizalco un aproximado de siete kilómetros de calles polvorientas con muchas cuestas que rompen una finca de café.

Llegando al casco urbano de Sábana Grande, en las cercanías de una casa comunal —casi en ruinas—, Santos se encuentra en la ladera, a tan solo 40 metros, un terreno que era cafetal y fue lotificado —peculiaridad que poseen las comunidades indígenas de occidente, que en su mayoría no poseen tierras o escrituras de sus viviendas—.

“Nuestros antepasados siempre utilizaban los canastos de carrizo para transportar sus productos del cantón al pueblo, otros para las tortillas o guardar ropa. Algunos todavía lo hacen, otros ya no, porque los han sustituido por los de plástico”, dijo José, nacido en 1956, en el cantón El Carrizal, Nahuizalco.

Este sesentón, descendiente de indígenas, se levanta por unos instantes para acomodar unos sacos y mazorca de maíz criollo (negrito y cariaco —amarillo con blanco—) que seca para la próxima temporada.

“También le hago a la tierra, arriendo un par de tareas para sacar nuestro sustento del año. Siempre guardo un poco de esta semilla criolla, solo esta cultivo porque es más resistente a las plagas y casi no gasto en químicos”, comenta este sabaneño.

Al terminar de apilarla y colar la semilla criolla, se sienta en un banquillo a limpiar la vara —frente a la una pared hecha de vara de carrizo y a un costado de su esposa Nieves Hernández, una experta en trenzar canasto del pequeño— y  a comentar un poco de la llegada al cantón y su oficio.

“Vivo en Sábana Grande desde 1980. La guerra hizo que me desplazara con mi esposa Nieves y mis cinco hijos. Desde aquí hago canastos de varios tamaños, cestas y tumbillas de tres clases. Un oficio que heredé de mi papá y mi mamá”, relata José.

Mientras se acomoda un cuero en la rodilla y extiende el machete, ambas herramientas para raspar la vara, él continúa: “Yo no cultivo el carrizo, lo compro por tarea —porción de tierra entre 450 a 700 metros cuadrados—. Si está bien cargada me piden 60 o 55 dólares y si está rala la logro en 50 dólares. De una tarea saco 20 docenas —240 canastos—, libre de la vara de cohete. La docena la vendo a cinco dólares aquí en mi comunidad,  no puedo ir más lejos porque no me tiene cuenta, porque tendría que pagar transporte, lo otro es mi edad”,  expone José.

Según este sabaneño, por temporadas presta dinero, porque también hay que pagar mozos para cortar el carrizo, acarrearlo y limpiarlo, a quienes paga cinco dólares por media jornada —diaria— y si pasa del mediodía tiene que darles el almuerzo.

“Esto no tiene cuenta. La gente ya no valora este producto, pero en mi casa somos seis adultos y cuatro niños, y con esto sobrevivimos; cuando no alcanza nos rebuscamos en otras cosas, yo voy a la finca a cortar caña y mis hijas van a pedir de lavar ajeno. Por lo menos, no falta para los frijoles y la arroba de maíz”, comenta José.

Palabras que refuerza su esposa Nieves: “Todos hacemos canastos, mis hijos y nietos. Gracias a Dios, desde pequeños les he enseñado y los vendemos a una persona de la comunidad que los comercializa en Guatemala. Con esa venta compro frijoles, azúcar y un jabón, porque para carne no alcanza. Así la vamos pasando”.

Nieves añadió: “Estamos regalando el precio, regalamos el valor, no nos tiene cuenta venderlo, pero como uno es de pocos recursos y para no perder el tiempo, trabajamos en estos canastos”.

Ella tiene la misma edad que su esposo. Ambos confeccionan una docena de canastos al día —de ocho de la mañana a cuatro de la tarde—. Venden a cinco dólares la docena en su cantón y cuenta: “En el propio pueblo de Nahuizalco y Sonsonate me compran la docena en tres dólares, pierden valor”, es decir que los comerciantes compran a veinticinco centavos cada canasto.

Nieves hizo una reflexión de su labor: “Aunque el plástico está desplazando al carrizo, seguiremos elaborando canastos con este material. Los mayores tenemos que enseñarles a los pequeños para que no se pierda. Cada quien piensa cómo sobrevivir, nosotros vivimos de esto, otros los venden, no hay razón para que digan que no hay trabajo”.

Ambos sabaneños piden proyectos para su comunidad, para que no se pierda esta artesanía que aún persiste en las comunidades indígenas de Nahuizalco y que pueden ser desplazados con los productos confeccionados con fibra de plástico.

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